La magia del amor propio y aceptación para hacer cosas por ti y, después, por los demás

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Me siento orgullosa de mucho de lo que he escrito, e igualmente me pregunto por momentos: ¡¿en qué estaba pensando?! O mejor dicho, ¿qué me estaba pasando para haber escrito esto?

Sea como sea, heme aquí de nuevo, lista para hablar de lo que ha sucedido en los últimos cuatro meses, y que podría resumir en tres palabras: volver a confiar.

Seguir confiando en ti misma aunque parezca que hay mil motivos para no seguir haciéndolo.

¿Por qué hablo tanto de confiar, aceptar y amarte a ti misma?

A riesgo de sonar como cualquier libro de “autoayuda” que hallarías en un aeropuerto, diré esto: porque no es posible hacerlo por otros, si no comienzas por ti.

No es posible confiar en la vida, si no lo haces en ti.

No me era posible volver a confiar en el amor, si no confiaba en mí; amor de pareja, en este caso.

Para el mes en que esta columna sea publicada, quizá yo ya habré cumplido cerca de cinco meses relacionándome de manera romántica con un hombre que, públicamente tengo que decir, me parece increíble.

Y a diferencia de muchas relaciones que inician con “no sé en qué momento o cómo sucedió”, yo sé con exactitud la respuesta al cuándo y cómo. Fue cuando tapé la fuga y se llenó la tina.

Cuando me puse de nuevo al centro de mi vida y volví a confiar en mí, aún más que antes.

Cuando dejé de pensar que compartir con alguien era signo de debilidad. Ni él, ni yo, sabemos cuánto va a durar, qué va a desencadenar en nuestras vidas; no conocemos ni de cerca todos nuestros colores (y no sabemos si exista vida suficiente para, al menos, conocerse a uno mismo), pero sabemos que queremos relacionarnos confiando en nosotros y en el otro.

Queremos compartir desde un lugar de abundancia y no de carencia, desde el amor y no el miedo.

Sé de sobra que aún tengo algunos (muchos) conceptos arraigados y obsoletos sobre el amor y las relaciones de pareja; unos se han aclarado, y de otros más no tengo la menor idea, pero traigo tatuada en el alma la palabra confía.

Confía en tu fuerza para elevarte sola, y no te compartas con alguien que no te eleve aún más alto.

Confía en tu intuición, tus experiencias, en lo que verdaderamente deseas.

Cuestiona si tus temores son realmente tuyos.

Rediseña tu forma de relacionarte con base en la autoconfianza y la confianza en otros; la confianza en nuevas posibilidades.

El año pasado creí que me había enamorado por primera vez, y bueno, hay una página impresa que lo demuestra (aquí es donde cabe perfectamente una de esas puestas de ojos en blanco); pero hoy puedo ver en ella cómo fingía que mis “conceptos obsoletos” habían sido trascendidos por querer jugar al amor.

En verdad llegué a creer en lo que supuse que debía creer, pero nunca confié desde el fondo.

Mi siempre cambiante concepto de amor, se lee algo así:

“Intento escribirte porque no eres el primero y eres el primero en todo. Porque todo lo que omito siempre llega a ti. Porque descanso en ti.

Porque ya no tengo que correr, jugar, mentir. No hace falta buscar tu cara en libros. No hace falta entender por qué haces lo que haces.

No hacen falta cartas, consultas, atrapasueños. Ya no hay golpes en el estómago, náuseas, ni dolores de garganta. Ya estás aquí. Y puedes irte cuando quieras.

Porque contigo sí. Porque contigo todo. Porque contigo nada.

Porque contigo soy más mía y menos tuya. Menos de nadie. Porque no mido mis palabras ni el volumen de mi risa, no mido lo que como. Porque no mido la distancia entre tu mano y la mía. No hay distancia entre tu cuerpo y el mío. No la necesito.

No te escribo porque para ti no tengo palabras. Me tengo de sobra y no tengo que llenar nada. No tengo que cambiarme el pelo, no tengo que ocultar las líneas de mi piel, no tengo que mostrarte lo que nadie ve.

No tengo que retener nada. Ya no sé cómo hacerlo. No cuelgo de ninguna cuerda y ahora me sobran fuerzas.

No te escribo porque para ti no tengo palabras. Tengo páginas. Tengo tiempo. Tengo ganas. Tengo. Tengo. Tengo. Y lo intento sin intentar nada.”

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