LA MEDITACIÓN NO ES LA PANACEA: ES UNA HERRAMIENTA PODEROSA, PERO TAMBIÉN PELIGROSA

LA MEDITACIÓN PUEDE TENER IMPORTANTES EFECTOS PSICOLÓGICOS, ENTRE ELLOS TAMBIÉN ALGUNOS DEVASTADORES PARA LA PSIQUE

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La meditación, particularmente la versión secular conocida como mindfulness, se ha vuelto una de las alternativas terapéuticas más socorridas en países occidentales. El mindfulness ha cautivado a medios e instituciones y se receta para todo tipo de males o incluso para el mejoramiento de todo tipo de capacidades hasta llegar, por supuesto, al objetivo último: la iluminación. Uno pensaría que la meditación es una cosa que se hacía más antes y que ahora está retomando fuerza, pero en realidad la meditación como la conocemos actualmente no era algo demasiado común, por lo menos no entre las tradiciones budistas (el movimiento theravada del siglo XIX y XX, asociado al llamado “modernismo budista”, ha sido en parte responsable de este interés renovado), de las cuales se ha extraído el mindfulness y adaptado para una sociedad secular.

Ahora bien, esto no significa que no se meditara en el budismo; existen, por supuesto, innumerables manuales y textos de meditación, como el famoso Sattipatana Sutta (a veces traducido como el Sutra del Mindfulness o “de la atención plena”), pero la meditación tenía muchas formas de ser entendida. Y la forma principal que los budistas meditaban era litúrgica, repitiendo versos de textos canónicos, memorizándolos, cantándolos, en ocasiones incluso debatiéndolos y hasta, por ejemplo, en el caso del budismo tibetano y del tantra en general, acompañándolos de complejas visualizaciones. Las tradiciones filosóficas de la India son eminentemente acústicas, y la importancia de la palabra y el sonido (y la devoción que suscitan) no debe soslayarse. Asimismo, el budismo se desarrolló en un ambiente casi exclusivamente monástico, por lo cual la “meditación” era sobre todo escuchar enseñanzas o leer textos, reflexionar y meditar sobre ellos (algo similar a la lectio divina del cristianismo). Meditar aquí significa contemplar las enseñanzas, asimilarlas y cultivarlas. Tanto en sánscrito como en tibetano, las palabras que significan “meditación” hacen referencia a una transformación existencial o a un cultivo (bhavana, sgom pa). Meditar era esencialmente cultivar ciertos hábitos que llevan a la transformación del practicante, que purifican su mente y le permiten acceder a la sabiduría (lo cual es el objetivo de la meditación).

Otras tradiciones, como el zen o el dzogchen y el mahamudra, desarrollaron un acercamiento distinto a la meditación, basándose en una especie de “iluminación repentina”, sirviéndose de métodos no conceptuales de meditación. Pero en estos casos se debe hacer énfasis en que lo “repentino” está incrustado dentro de todo un sendero y una plataforma moral estricta, apoyándose en los preceptos básicos del budismo (a saber, el vinaya). Si bien estos eran luego abandonados o trascendidos en cierta forma, es absurdo creer que un practicante podía simplemente sentarse a meditar, sin tener en consideración la práctica de las perfecciones, de la moralidad, de los cuatro inconmensurables y demás aspectos del cultivo de la mente, y creer que alcanzaría la iluminación.

Es importante mencionar, además, que todas estas tradiciones dentro del budismo hacen fuerte hincapié en que la meditación puede ser problemática, que existen diversos síndromes y trastornos ligados a la meditación, algunos de ellos sumamente graves. Meditar y realizar ciertas prácticas de yoga no era una cosa que se tomara a la ligera. Era importante contar con un maestro y estar apoyados por la sangha, es decir, una comunidad de practicantes con intereses afines.

Hoy en día se cree que la meditación es algo que cualquiera puede y debe hacer, y sin la necesidad de mayor supervisión, como se si se tratara de algo inofensivo (lo cual en el fondo habla de que no se tiene mucha fe en ella). De hecho, diversos estudios muestran que por lo menos dos de cada 10 personas que intentan meditar sufren ansiedad o algún problema psicológico leve. Pero estas cifras probablemente son más altas, pues pocas personas reportan sus problemas meditando. Por otro lado, como ha notado el doctor Georges Dreyfus, quien fue ordenado como monje budista y obtuvo el grado de geshé en el sistema monástico tibetano, a raíz de la práctica de la meditación en países occidentales se ha empezado a descubrir y a estudiar trastornos mucho más serios y profundos asociados con esta, por ejemplo, síndromes de despersonalización y disociación que pueden ser mucho más serios, especialmente cuando no se cuenta con una comunidad de soporte o con herramientas de tratamientos adecuados. La “muerte del yo”, la “noche oscura del alma”, en ocasiones puede ser un extremo psicopatológico y no necesariamente la antesala de la iluminación.

Uno de los peligros que a la vez quizá explican también el gran poder de la meditación en su contexto budista, es el hecho de que meditar es en gran medida el cultivo de una experiencia de vacuidad o de no-yo. Esta experiencia es en parte una muerte, la muerte de la identidad (concebida como sustancial). Y, por otra parte, requiere un cambio cognitivo radical sumamente difícil de asimilar para la mentalidad moderna occidental, basada en el culto al individuo y su desarrollo del yo. Lógicamente, si el individuo construye su seguridad en su personalidad, en todo lo que se adhiere a su yo, cuando esto se remueve pueden sobrevenir el pánico y la crisis, pese a que en teoría sin un yo no es posible el apego y entonces tampoco el sufrimiento. Sin embargo, un vislumbre de la vacuidad no es lo mismo que “realizar” (hacer real y estable) ese estado. Y si bien la experiencia de la vacuidad o del no-yo puede ser traumática, es desde esta premisa de que las cosas están vacías de existencia inherente que la meditación se revela tan poderosa, pues se trata de un cultivo que no tiene límite, que no tiene una restricción como un yo sólido o una realidad absoluta independiente. Como notó Nagarjuna, es sólo porque todas las cosas están vacías que algo (o todo) es posible. Sólo podemos realmente transformarnos porque no somos realmente algo. Meditar es, en gran medida, remover las capas de apego a una identidad.

Esta argumentación no pretende negar el poder de la meditación o desincentivar su práctica, sino más bien lo contrario: justamente porque la meditación es enormemente poderosa, es recomendable que se haga con sumo cuidado. El verdadero poder transformativo de la meditación, al menos tradicionalmente, está ligado a una disciplina moral, a una visión filosófica y en ocasiones devocional y religiosa, así como a las prácticas de concentración e imaginación que son más comúnmente ligadas al concepto de meditación. Quizá en Occidente pueda combinarse la meditación con la neurociencia, la psicología y las ciencias cognitivas de manera igual o más eficaz, pero por ahora es demasiado temprano para asegurar esto. Y lo que sí se puede decir es que la explosión de técnicas como el mindfulness abandona buena parte del soporte que permite que la meditación sea tanto segura como efectiva desde un punto de vista último, esto es, en la búsqueda de la liberación.

Quizá sea bueno retomar el viejo orden del sistema monástico del budismo: primero escuchar, luego reflexionar y después meditar. En ese orden.