De todos los estados emocionales que el ser humano puede experimentar, ninguno tan incomprendido como el malestar, en todas sus formas. Especialmente en la época en que vivimos, el malestar tiende a vivirse con distanciamiento, como si fuera algo que sabemos que nos pasa pero que preferimos ignorar, hacer como que no ocurre, o que no es a uno mismo a quien afecta. ¿Cómo puede ser que yo esté triste o deprimido? ¿Cómo puede pasar que yo me sienta frustrado? ¿Cómo creer que sea yo a quien le pasan estas cosas?

Sin embargo, hasta cierto punto es posible decir que el malestar es propio de la condición humana. En tanto seres divididos, fragmentados y contradictorios, habrá siempre algún momento en que el malestar se haga presente en nuestra existencia: porque no comprendemos una situación, porque algo no es como lo esperábamos, porque sobreviene un suceso inesperado, porque no estábamos preparados para cierta experiencia, etcétera.

Si el malestar es así, parte de la vida, ¿qué hacer con él? Si en cierta forma puede decirse que es inevitable, ¿es posible actuar al respecto?

La respuesta a esta pregunta es, por supuesto, que sí. Como bien enseñaron, entre otros filósofos, los estoicos, siempre hay al menos un campo en el cual tenemos margen de acción y de elección, y éste es la manera como elegimos que nos afecte algo que nos concierne. A veces no podemos escoger o modificar las circunstancias en las que vivimos, pero, en cambio, sí podemos elegir la postura que tomamos frente a ellas. Y este es el caso del malestar.

Las imágenes que compartimos a continuación forman parte de un precioso libro infantil llamado Tristeza, manual de usuario, ideado gráfica y narrativamente por Eva Eland, una ilustradora de origen holandés que reside en el Reino Unido.

 

En sus páginas, Eland elabora con sencillez y elocuencia una metáfora sobre la presencia de la tristeza en la vida, un sentimiento que en nuestra cultura tenemos tendencia a ocultar y negar pero que, como nos muestra la autora a lo largo del relato, una vez que está ahí, se convierte en parte de la vida. Al menos hasta que quien lo experimenta decide dejar de ignorarlo y más bien empieza a prestarle atención, aceptarlo, recibirlo y conocerlo; en otras palabras, a escucharlo para saber qué tiene que decir.

Sólo entonces, cuando se entiende el lugar que la tristeza tiene en nuestra vida, cuando la hemos dejado que nos acompañe hasta que agote lo que tenía que decirnos, un buen día se va, tan inesperadamente como llegó, aunque dejándonos en su lugar una gran enseñanza sobre nosotros mismos.